jueves, octubre 27, 2005

El amor en cama

Tomarte de las manos tomando nota del momento,
sentirte sintiendo único el contacto,
besarte con la boca amarga y endulzarla en tus besos.

Palparte buscando encender mis manos,
y encendidas ya quemándote el alma,
escucho tu ruego de placer frenando.

Y vuelvo a tocarte pensando fuerte,
se escuchan nuestros gritos y se escucha que siento!
Siento cielo en mis manos siento dolor en los pies.

Se estiran mis dedos en el momento
en que mas fuerte me duele. Sentimos los dos.
Y de nuevo tu boca se acerca frenando.

Es la tercera vez que te toco.
Nos palpamos y de nuevo el fuego
que enciende mi alma y nos enciende a los dos.

Charlamos un rato entre besos y abrazos,
acerco mi boca empezando y pregunto:
-¿Me amas tanto como yo a vos?

Responden tus brazos y contestas no.
Me hecho atrás me arrodillo y espero.
Me atacan tus labios con un:- Te amo mas yo!

Augusto Bautista Candulo (ABC)

viernes, octubre 14, 2005

La sonrisa de Bayonne

En sus calles estrechas, de casitas casi iguales
En sus tejados salpicados de antenas y de palomas
No supo el sol posarse, durante esos cinco días.

Se dice que sin sol no podemos vivir
Pero mucho más difícil es hacerlo sin sonrisas
Sin ellas son oscuras todas las esquinas y calles del alma.

Y no faltaron las sonrisas, que fueron muchas.
Y no faltaron los besos ni las sábanas calientes, que no fueron pocos.
Pero que nunca son suficientes.

GRACIAS PABLO CARDILLO
(Argentino y escritor. Un fornido caballero que esconde en sus palabras "alto poeta"!)

jueves, octubre 06, 2005

Sueños

Esa noche camine juntando piedras por la playa, esperaba encontrar en ellas un dejo de algún alma. Por suerte en invierno nos queda algo de intimidad. La luna llena, las estrellas, el mar inmenso, todo era mío. Mi sombra en la arena fría de la orilla, las luces de la Avenida Costanera, las carpas cuasi desarmadas, los dibujos en las paredes de los balnearios, todo eso hacia que me encantara ir a la playa. Pero más importante era para mí la soledad. Esa soledad de reencuentro con mi vida, con mi realidad inconmensurablemente nativa, increíblemente argentina, alocadamente sensible. El piso de la Capital no me interesaba tanto como la arena. El pavimento de las calles de Buenos Aires ya era mío, en cambio la playa, el mar, seguían siendo de ellos mismos, lo que no me impedía sentir pertenencia. Nadie podría dominarlos. Nunca tuve ganas de dominar ese espacio privilegiado, era su magia y lo intocable que podía llegar a ser lo que me atrapaba de él.
Mire un poco, cada vez mas extasiado. Sentí un poco de nostalgia, por los días de aquellos años, que se movían en mi recuerdo como un maremoto de fotos. Imágenes de mi tiempo costero… mi único tiempo quizás para estar sensible. Continué la marcha, cada vez un poco más rápido, cada vez más loco por llegar a la playita de Entre Ríos. Me saque la ropa en un acto de arrebato, y la acomode al lado de lo que quedaba del mangrullo. Corrí de nuevo a la zona lindante entre mi familia y la soledad de los medanos. Me metí al mar helado, sin importarme de nada. Nadé siempre en esa dirección que aleja del cemento, que acerca a la tranquilidad. No me detuve ni un segundo, pasaron los minutos, pasaron las horas, y seguía nadando. Me sentí fuerte, más fuerte que nunca, más Yo que nunca. Definitivamente ese era mi mar. No había otro en el que pudiera ser tan Todo y Nada. No existía otro lugar para mi tan mágico como ese. El agua de mi playa, esa misma jaula de almas que me visitaba en Barcelona y daba por un segundo a mi exilio en un temblor, la energía que me merecía la distancia, para poder afrontarla. Dejé de remar para pensar bien profundo, pensar bien fuerte. Estaba obnubilado, sentía la energía de la presencia. Arrastre un brazo por debajo del agua y noté que no me demandaba esfuerzo el hecho de flotar…estaba liviano, como el aire, como una pluma, como el cielo, que nunca se cae. Pensé mucho en todo y en todos, me desmoroné en un llanto que refería a mi emoción, a mi tristeza, a mi felicidad. Esa felicidad que tenía por estar ahí, compartiendo todo ese tiempo con una parte de mí, esa parte sumergida, esa parte de mi alma. Deje a un lado dos lagrimas y las vi volar, después entregue dos sonrisas y también se fueron con el viento. Me sumergí por un largo tiempo, en el que no necesitaba respirar. Abrí los ojos y me enfrente a ver. Me llené de energía y estaba listo para volver.
Emprendí el regreso, guiado por mi instinto, ya sin luz, sin ver la costa, nade en dirección correcta, como si un ángel o más me tomaran de los brazos y me llevaran derecho a casa. Salí del mar y me vestí mojado. Caminé por la playa unos metros y salí por mi salida. Entre a "Houses", otro de mis lugares. Subí las escaleras de ese departamento que siempre va a ser mío, y me encontré con mis amigos. Todos me preguntaron que me había pasado y les conté la verdad…
Les dije que caminaba por la playa y que una ola de sentimientos me invadió por un instante y que ese instante se hizo largo. Y que esa ola, me mojo para siempre.
Augusto Bautista Candulo (ABC)
Dedicado a Pablo Cardillo

Ojo al piojo...Carta al lector

Estimados amigos, no tan amigos, desconocidos y algunos etcéteras, que pasean buscando algo interesante:

El blog no muestra todas las publicaciones y archiva las más viejas. Todo esto empezó con una publicación, que a mi juicio es una de mis mejores... NO DEJEN DE VISITAR EL ARCHIVO DE SEPTIEMBRE. Allí pueden encontrar simples sopas de letras con tupé de frases inteligentes como "El narrador de nuestra historia de amor..." y quizás otras más, además de cuentos disimiles y antinaturales con toda naturalidad. Con el correr del tiempo a medida se amplíe el número de publicaciones ya no se verán en el inicio, se verán en los archivos.

Desde ya muchas gracias por leerme, la verdad que posibilitar que a alguien le guste lo que escribo es por demás AGRADABLE.

No duden en “usar” lo que les parezca útil, en decir a la persona que aman algo que encontraron por casualidad acá, en este humilde sitio.
¿De qué sirve escribir si nadie lee lo que uno escribe? Aunque es aún mas fútil escribir si nadie percibe que remuerde el alma en la lectura...que podría demostrar con lo leído algo de la sensación propia...que se puede destinar alguna que otra frase o pequeña "intentada" prosa a la mujer amada, al hombre amado, a esa que no nos ama, a ese que tal vez nos quiere menos...
Siempre para alimentar esa furia de sensibilidad que puede lograr algo tan mágico como la afirmación del amor.
Siempre para alimentarse uno, nutrirse de versos y ciertas pedorretas, que nos pueden llevar a parecer en el final del cuento, una persona mas pulcra en la expresión de la única realidad, esa que sentimos muy fuerte, esa que nos abraza en la penumbra. Esa realidad, la SENSIBILIDAD, da el amor y el odio, la pena y la alegría, el dolor y la fantasía, la frustración y la gloria, el placer y el asco, y así…

Chau y gracias……./un vermú a nuestra salú/

lunes, octubre 03, 2005

Ramón y María

Ramón y María se conocieron y desde ese día supieron que iban a amarse para siempre. Ramón veía en María a la mujer más hermosa del mundo, y María encontraba en Ramón al hombre más sincero y cariñoso de la tierra.
Siempre que se acercaba la hora del encuentro, un torrente de ilusiones corría por sus venas y el corazón parecía salírseles del pecho. Juntos eran invencibles, nada los asustaba; ni el tiempo, ni la muerte; y cuando la luna los sorprendía en la quietud de la noche podía vérselos en algún banco de la plaza del barrio, estrechados en un beso eterno y formando una silueta única. El resto del mundo no existía, ¿para que? Si se tenían el uno al otro.
Un día, de paseo por la costanera, se encontraron de repente abrazados, junto al río, jurándose amor eterno.
Hoy, después de veinte años, ya no están juntos. No se sabe bien que pasó; pero el destino les jugó en contra. Pareciera como que una tormenta de hastío y dolor hubiese caído sobre sus cabezas.
El barrio, y la plaza que los vio juntos, siguen ahí, en algún rincón de la fílcar; pero un chisme, de esos que vuelan como el colibrí, de lengua en lengua; llegó hasta mí y me enteré que: Ramón vive sólo en una pequeña casa junto al mar, rodeado de animales. Nunca volvió a enamorarse, ni pudo olvidar jamás a María. María en cambio se casó, tuvo hijos y se radicó, con su familia, en Tucumán. Ya casi ni lo recuerda, pero íntimamente sabe que un pequeño rincón de su corazón está ocupado, ocupado por un amor perdido en el tiempo. Y en las noches claras y serenas, cierra los ojos y puede distinguir, entre sombras, una silueta; la cual no puede enfocar bien. Pero, como una ola, la invade, por un rato, una inmensa felicidad.
GRACIAS PABLO FERNANDO SCHIRLISKI
(Argentino y macho. Un embajador del buen gusto)

domingo, octubre 02, 2005

A esa, a la que yo quiero

A esa, a la que yo quiero,
no es a la que se da rindiéndose,
a la que se entrega cayendo,
de fatiga, de peso muerto,
como el agua por ley de lluvia.
hacia abajo, presa segura
de la tumba vaga del suelo.
A esa, a la que yo quiero,
es a la que se entrega venciendo,
venciéndose,
desde su libertad saltando
por el ímpetu de la gana,
de la gana de amor, surtida,
surtidor, o garza volante,
o disparada -la saeta-,
sobre su pena victoriosa,
hacia arriba, ganando el cielo.

GRACIAS PEDRO SALINAS
(Poeta español nacido en Madrid en 1891 y fallecido en Boston en 1951)

sábado, octubre 01, 2005

No merece firma...

Cuando digo que estoy BIEN y es real, me recuerdo a mi mismo mintiendo, diciendo que estoy bien cuando realmente estoy mal y me pongo triste y por lo tanto MIENTO.....

martes, septiembre 27, 2005

La torre más alta

La torre, madre, más alta
es la torre de aquel pueblo,
la torre de aquella iglesia
hunde su cruz en el cielo.

Dime, madre, ¿hay otra torre
más alta en el mundo entero?
-Esa torre sólo es alta,
hijo mío, en tu recuerdo.

Tu brazo de siete años
alcanzaba sin esfuerzo
una piedra a sus campanas
-¿Te acuerdas, hijo? -Me acuerdo.

Pero la torre más alta
del mundo, es la de aquel pueblo.

GRACIAS BALDOMERO FERNÁNDEZ MORENO
(Poeta y prosista argentino. Médico. Nacido en Buenos Aires en 1886 y fallecido en 1950 en la misma ciudad.)

Algo II

Se ve que te quise mucho,
se clavo en mí mente,
tu idolatrada imagen.
Apenas te huelo,
apenas te escucho,
apenas te veo,
apenas te siento.
Te pienso en la multitud y esta se desvanece.
Es raro recordar tanto, algo que tan poco recuerdo.
Augusto Bautista Candulo (ABC)

lunes, septiembre 26, 2005

Algo I

Mi afecto, el lustre de tus zapatos de punta,
el rojo parduzco, no así el violeta,
tu ropa con la mía, mis pies y tus uñas,
mi mano y tu cintura, tu cuerpo y mi alma…
¡Preferiría nuestros cuerpos y nuestras almas!
Augusto Bautista Candulo (ABC)

Expreso

Juan llegó al aeropuerto. Era tarde, casi tan tarde como para no despedir a nadie. Debería decir que se sintió culpable, pero en realidad no puedo faltar a la verdad. Se que no se puso mal por no haber podido ver a todos antes que se fueran. A veces la gente prefiere olvidar, inclusive es hasta más fácil. Juan no pudo llegar porque no quiso llegar. El hecho de la demora, lo ayudaba a no echarse culpas y el hecho de no despedirse, lo obligaba a no concluir, a dejar una cuenta pendiente o por lo menos una charla. Pensaba patéticos a los que lloran en las despedidas. Yo también. No patéticos por llorar en si, sino por lo que significa el llanto de niño en un adulto y lo que demuestran las lágrimas, esa triste realidad. No es bueno arrastrarse entre los fuertes débil como un ratón. El no estaba dispuesto a no llorar y encontró la mejor solución para no tener que hacerlo, llegar tarde. Caminó por al aeropuerto desesperado, tratando de no lagrimear, (siendo que ellos se habían ido igual, por mas que el no los haya despedido) buscando un pulóver o una remera de aspecto familiar. Esa búsqueda frenética y arrepentida que termino en nada, como siempre.
Los minutos se hicieron segundos, el reloj se apresuro, haciendo cada vez “más” imposible el encuentro. Siguió caminando entre maletas y viajantes, extranjeros y argentinos. Sobre alfombras de variados colores, sobre pisos fríos, en ambientes tenues y panilumindados. El tic tac, seguía su ritmo acelerado y Juan cada vez pensaba más lento. Mágicamente veía relojes y mas relojes, infinidad de destinos, infinidad de gente. Así paso solo un cuarto de hora, que parecía un minuto o dos o quizás tres. Se hizo larga la despedida de la despedida, al final llevo mas tiempo a Juan llegar tarde que lo que le hubiera llevado llegar temprano.
Ellos ya estarían del otro lado de las compuertas, del lado elite, del lado sin aduana, sin territorio, sin naciones, sin estados, sin ley, sin sábados ni domingos, sin retorno, del lado del abordaje. Ahora el tiempo que jugaba una mala pasada, se había vuelto lento. Los minutos, incalculables, entre la hora en que llego Juan al aeropuerto y el despegue se hacían cada vez más largos. El tiempo tapaba de desesperanza a nuestro amigo Juan, dolorido ante la ineludible realidad de la soledad.
En este momento del cuento es donde debería introducir a nuestra otra amiga, la providencia. Quizás también deba introducir a nuestro viejo amigo el destino, pero ese ya es viejo conocido. La providencia, a partir de la espera del despegue, escribió sus hojas en blanco con un tinte negro. El destino se sirvió de la providencia para lograr ese futuro inmediato, el cual no podía escapar al control que esta ejerce y el cual no podía ser modificado luego de escrito, ya que para eso esta el libro en blanco y para eso esta la providencia. Esta es la parte torturante de los hechos.
Juan seguía impaciente y no hacía otra cosa que caminar en círculos. Estaba atento, para ver si encontraba el avión de su gente. Mientras veía muy por encima las “timetables” como si tuviese algún tipo de habilidad para leer sobre el futuro y aprender sobre el destino. El libro en blanco, el del futuro, tenía tachado en rojo sangre su nombre, plasmado entre los nombres de sus amigos más íntimos. No hay porque temer, solo vemos lo que imaginamos muy “fuerte” o vemos lo que vimos alguna vez.
La búsqueda culmino. Encontró el avión de su gente despegando, cuasi como un águila blanca en el medio de la pista o quizás una montaña. Miro atento el carreteo. Se iban. Era real, ya en tierra solo quedaba apenas apoyada la rueda del artefacto que los llevaría lejos. Lejos para siempre y quizás aun más lejos si analizamos el hecho: Juan no podía pagar un pasaje.
Es obvio que yo no siento pena por Juan. Es un tipo con poca cordura, pero no como para que uno se sienta apenado. Es obvio también, que no termino de entender, como ustedes que leen, que mierda es lo que pasa. Recapitulemos…
Juan fue al aeropuerto a despedir a alguien, llego tarde, podríamos decir que era totalmente conciente que iba a llegar tarde. Seguro que fue porque no le gustaban las despedidas. También sabía que se iba a quedar muy solo. Fue una maniobra de escape. Lo que no sabemos es ¿a donde se iba? ¿Quien se iba? Ni tampoco sabemos el por qué. Eso se lo voy a contar al lector curioso dentro de un rato. Solo se que Juan estaba atemorizado, que la despedida le dolía en el alma y que sentía una mágica e ineludible sensación de soledad.
Juan había juntado dinero y estaba tratando de rajar al exterior, la economía argentina se iba por los caños y la realidad laboral era un desastre. Para nuestro conocido era diferente que para “su gente”, no tenia lo suficiente como para radicarse en el exterior, no le daba el presupuesto. Por eso calculo, que se quedo inmóvil al borde del camino. No era un tipo activo. Pensándolo bien, quizás si era activo, solo que no tan activo como yo. Bueno sin irme por las ramas, Juancito perdió la paciencia y miro el despegue con un dolor en el alma. El carreteo freno el reloj nuevamente y el tuvo tiempo de analizar varias veces lo que estaba pasando, pensó y repensó. Mientras el avión corría hacia la libertad del vuelo, imaginó a su gente sentada, alguno que otro con miedo y alguno que otro con el placer que se siente cuando uno viaja, a mi me gusta viajar. El avión se soltó del suelo, parecía como si lo hubieran arrancado de un tirón.
Ya mirándolo en el aire, Juan sintió de nuevo esa típica sensación de muerte, ese dolor típico de infarto. Lo irreparable de no haber llegado a tiempo a la despedida y lo irreparable de no verlos más. En realidad la posibilidad existía, pero Juan era un pesimista. Pensaba que nunca volverían a visitarlo. Sigo con el dolor típico, la expresión de su malestar afectivo, el dolor del alma manifestado en el cuerpo. El avión se perdía entre las nubes. Juan cerró los ojos y sintió ese olor a viaje de los pasillos, sentado en un asiento mullido, se abstrajo de todo. En realidad, ahora les cuento, Juan “despedía” a su novia.
En un segundo, esos segundos que cuando culminan te cambian la vida, abrió los ojos. El paisaje por la ventanilla se veía espeluznante, intimidante. El Río de la Plata, el cielo tan cerca y la aeromoza de ropas ligeras que le ofrecía champán. Es raro no… Miro alrededor y se vio rodeado de extraños. Miro la puerta de emergencia, corrió hacia ella y se tiro al vacío. Voló metros y metros. Casi incontables los kilómetros casi incontables los días, casi incontable el tiempo. No había relojes, pero estaba seguro que de no volver a ver a su gente, no quería estar vivo. En un arranque de desesperación, atino a agarrarse de todo o de nada. Al tocar el suelo nuevamente, volviendo de sus flashes, miro el avión y vio lo que debía ver, estaba escrito…un estallido feroz culmino con el halcón, ese titán enorme de el cielo. Apretado entre los demás viajeros, camino por el aeropuerto. Emprendió nuevamente esa marcha errática sin destino. Encontró en su camino a un policía de la Guardia Aeronáutica. Tomo su pistola y mirando en el cielo esa bola de fuego, a la que miraba todo el mundo, se disparó en la cabeza.
Quizás nadie le estaba prestando atención, nadie llamo a una ambulancia. Solo minutos después, lo asistió el medico del aeropuerto y solo minutos después murió mirándole la cara a su amada, que había perdido el vuelo, no se imaginaba vivir sin “su gente”.
Augusto Bautista Candulo (ABC)

domingo, septiembre 25, 2005

Más allá del cuadro

En la lejanía se podía divisar un paisaje oscuro lleno de penumbras, tintas de plumas olvidadas de escritores difuntos sobre su propia desesperanza. Arriba, un sol de medianoche eterno gobernaba las lágrimas de los desposeídos e indigentes tirando finamente de un hilo de agua atado a cada uno de sus lagrimales. Así como un espejo roto transmite una parte distorsionada de la realidad, las manos frías de ellos tampoco la perciben del mismo modo que nosotros no percibimos su sol de medianoche. Ellos no estaban muertos, pero la pérdida de la esperanza los mantenía en un estado semejante al de un alma perdida en los limites del tiempo. Atemporal o no, eso parecía ser todo; una eternidad de llanto hacia un sol tormentoso lleno de nubes. Dormidos, jugaban a desenredar la realidad que se les imponía, enredando sus lágrimas hasta quedar tan ajustados que solo podían ver hacia el sol.

sábado, septiembre 24, 2005

Sonatina

La princesa está triste... ¿Qué tendrá la princesa?
Los suspiros se escapan de su boca de fresa,
Que ha perdido la risa, que ha perdido el color.
La princesa está pálida en su silla de oro;
está mudo el teclado de su clave sonoro,
Y en un vaso, olvidada, se desmaya una flor.

El jardín puebla el triunfo de los pavos-reales.
Parlanchina la dueña dice cosas banales,
y vestido de rojo piruetea el bufón.
La princesa no ríe, la princesa no siente;
la princesa persigue por el cielo de oriente
La libélula vaga de una vaga ilusión.

¿Piensa acaso en el príncipe de Golconda o de China,
o en el que ha detenido su carroza argentina
para ver de sus ojos la dulzura de luz,
o en el rey de las islas de las rosas fragantes,
o en el que es soberano de los bellos diamantes,
o en el dueño orgullosos de las perlas de Ormuz?

¡Ay!, la pobre princesa de la boca de rosa
quiere ser golondrina, quiere ser mariposa,
tener alas ligeras, bajo el cielo volar;
ir al sol por la escala luminosa de un rayo,
saludar a los lirios con los versos de mayo,
o perderse en el viento sobre el trueno del mar.

Ya no quiere el palacio, ni la rueca de plata,
ni el halcón encantado, ni el bufón escarlata,
ni los cisnes unánimes en el lago de azur.
Y están tristes las flores por la flor de la corte,
los jazmines de oriente, los nelumbos del norte,
del occidente las dalias y las rosas del sur.

¡Pobrecita princesa de los ojos azules!
Está presa en sus oros, está presa en sus tules,
en la jaula de mármol del palacio real,
el palacio soberbio que vigilan los guardas,
que custodian cien negros con sus cien alabardas,
un lebrel que no duerme y un dragón colosal.

¡Oh, quién fuera hipsipila que dejó la crisálida!
(La princesa esta triste. La princesa está pálida.)
¡Oh visión adorada de oro, rosa y marfil!
¡Quién volara a la tierra donde un príncipe existe
(La princesa está pálida. La princesa está triste.)
más brillante que el alba, más hermoso que abril!

“Calla, calla, princesa -dice el hada madrina-;
en caballo con alas, hacia acá se encamina,
en el cinto la espada y en la mano el azor,
el feliz caballero que te adora sin verte,
y que llega de lejos vencedor de la muerte,
a encenderte los labios con su beso de amor.”

GRACIAS RUBÉN DARÍO
(Poeta Nicaraguense, nacido en el año 1867 en Metapa, Nicaragua. El 6 de febrero 1916 murió despues de haber sido intervenido quirurgicamente)

jueves, septiembre 15, 2005

GastronomicAmor

Pablo se sentó en la vereda, después de haber estado toda la noche y todo el día intentando cocinar algo rico... en realidad llevaba días cocinando. Soñó con lograr ese sabor que nunca se había probado. Tenía una cita particular. Quizás de esta, dependía su futuro. Pablo siempre fue un buen cocinero y hacia tiempo que quería trabajar en la cocina del HOTEL Z. Su hiperactividad lo potenció a buscar un placer astronómico gastronómico y a ofrecerlo, como se ofrece un hombre a su amada, para conseguir aprobar el examen preocupacional culinario, de la jefa de cocina del hotel en cuestión.

Cocino y cocino e hizo probar a sus amigos las maravillas creadas. Por lo visto uno de los platos era bueno, muy bueno. Todos sus amigos comían contentos pero ¿ella estaría dispuesta a sentir lo mismo que él al comerlo?

Llego el día del examen. Le dieron los ingredientes que ordeno y la cocina del lujoso Hotel Z para trabajar en su manjar. El tiempo acordado era solo de 3 horas. Pablo temblaba. Su mano izquierda debía romper 6 huevos y no lograba acertar el borde del bowl, donde tenía que ponerlos para comenzar la preparación. El cronometro marcaba la primera hora....el tic tac de un reloj grandote y antiguo hacía estragos con su paciencia. Igual había logrado avanzar un poco.
Victoria era hermosa y eso contribuía con esa sensación ridícula del hombre, de doble juicio. Dio al fin con la tranquilidad necesaria. Arremetió contra el destino y cocino de maravilla. Entonces miro el reloj, sonrió, presento el plato y grito: "¡Lo hice, lo completé!". Había utilizado solo la mitad del tiempo. Llego Victoria a juzgar con su paladar la creación. Diva se sentó y pidió al mozo una botella de Saint Felicien Sirah. Investigo primero a simple vista el plato de comida. Puso el puntaje a su aspecto y continuó. Respiro profundamente el aroma a hierbas y se sintió placida. Puso luego 10 puntos en un casillero, de la hoja que llevaba las cuentas. Empezó a comer de a poco sin mezclar lo que había en el plato. Acertó puntajes y puntajes. Lo hizo por última vez y miro a Pablo.

Pablo corrió por el salón al lado de la cocina. Siguió por el Lobby y termino parando un taxi. Nunca escucho el veredicto. Recordó que había olvidado sus cosas en la cocina cuando estaba llegando a su casa, pero ya no quería volver, prefería perderlas. Se sentó en su living y pensó en la situación. Dolido llamó por teléfono a sus amigos que estaban expectantes. De repente sonó el timbre. Pablo abrió la puerta de la planta baja de Ambrosetti 882 y vio a Victoria.
En la escena, el no abre la puerta, se queda inmóvil mirándola a través del vidrio…
-Por favor, abrime. (Le ruega ella con lágrimas en los ojos) No te entiendo!.
-Ya se que fallé. (Perpetúa Pablo en el eco del resonante hall de entrada)

Un vecino abre la puerta y el viento de ese pasillo de luz tenue se lleva el sonido de su voz, quebrada por el abatimiento. Victoria aprovecha y araña el marco para evitar que la puerta se cierre. Pasa la barrera y llega a Pablo, que inmediatamente cierra los ojos. Ella lo besa tiernamente en la boca…

A partir de ese día, Pablo nunca más volvió a cocinar. Quizás ya no tenía ninguna necesidad de conquistar a “alguien”.

Augusto Bautista Candulo (ABC)

miércoles, septiembre 14, 2005

El narrador de nuestra historia de amor...

"Si el narrador omnisciente de nuestra historia de amor,
sintiese cada vez que te toco lo mismo que yo...
Si el te juzgara como yo te juzgo,
Si es que el existe, te viera a través de mis ojos,
Si es que en verdad él piensa que sos lo que yo pienso...
Cada vez estoy más convencido de que es él,
el que esta haciendo de mi un ser totalmente dependiente de tu amor.
Si el es el único individuo a parte de mi que sabe lo que sos en mi vida,
espero que me guarde el secreto.

Por otro lado, si el decide nuestros destinos,
ruego a quien sea que deba, para que nuestro mentor decida no separarnos nunca.
Ruego que te quiera como te quiero desde hoy hasta que se le acabe la vida.
Le imploro que me haga tan importante para vos como lo sos para mí.
Le solicito explícitamente,
que sienta cada vez que me tocas lo mismo que yo al tocarte...
Que me juzgue como yo te juzgo,
que me vea a través de tus ojos,
y que en verdad el piense que soy lo que yo estoy seguro que pienso que sos."

Augusto Bautista Candulo (ABC)