Eran tres amigos, y estaban juntos desde el primer asombro. Mas específicamente, ellos eran: el Exagerador, el Coleccionista de atenciones, y el Acumulador de silencios. Fue un día como otros tantos días de Primavera, y unos días antes del comienzo del Verano. Las flores se estaban despidiendo en las plazas formando alfombras para recibir al calor. Una suave brisa sopló y los tres amigos ya tenían todo preparado, aunque no hubo mucho que preparar, tampoco demasiado que ensayar. Las entradas no se vendían, no las había. Su espectáculo, como siempre, era al aire libre, ahí en la plaza sobre las alfombras violetas que los jacarandáes habían gentilmente donado al paisaje. La gente al verlos con sus divertidos atuendos, se fue acomodando alrededor de los tres amigos. Cuando todos ya estaban situados, de fondo solo se escuchaban los comentarios de expectativas, y los pajaritos sobre los árboles y arbustos. El Exagerador abrió su boca, desprendiendo sus labios en un saludo cordial al publico, y empezó con una de sus tantas historias. Esa vez tocó turno a la de la laguna de Venecia, donde un pez lo mordió, un pez tan pero tan grande, que tenia 20 filas de dientes afilados como cuchillas de samurai, duros como diamantes, un pez tan pero tan feroz, que se podría haber confundido con una Ballena tiburón perro, de esas que ladran bajo el agua. También contó como con un dedal en cada falange y un alfiler venció al pez, y luego de vencerlo, lo subastó en mil piezas de oro puro. Al terminar, el Exagerador bebió un pequeño trago de una manga de cuero que tenia a mano para refrescar la garganta y calló. Los espectadores se derritieron en un profundo silencio; con la boca a medio abrir, y las cejas arqueadas, sus pestañas se congelaron en el tiempo, y los párpados no parecieron notar el reflejo del sol. Con una seña casi tácita, y tocándose uno de sus tantos collares, el Exagerador dio a entender que su trabajo ya había sido realizado. El Coleccionista de atenciones asintió con la cabeza, pero por pura cordialidad, ya que sabían todos que era su turno. Abrió un pequeño cofre invisible, como si fuera un acto de mímica. El cofre parecía tener unas cuantas trabas y cerraduras. Una vez que el cofre estuvo abierto, extendió sus dos manos abiertas y con dedos estirados hacia cada una de las caras de los espectadores. Una pequeña estela de purpurina blanca y plateada se desprendió de todas las caras hacia sus manos cada vez, y el Coleccionasta cerraba sus puños y los llevaba al cofre dejando caer algo que lo iluminaba desde adentro, haciéndolo cada vez un poco mas visible. Luego de unos minutos, el cofre había tomado un intenso color blanco rojizo y repentinamente se cerró, produciendo un brusco ruido de cientos de trabas atrancándose simultáneamente. El Coleccionista miró a el Acumulador de silencios y este ultimo alzó los brazos para luego girarlos en forma de círculos sobre su cabeza. Una especie de torbellino casi invisible se formó por encima de los espectadores, y diminutas nubes celestes empezaron a brotar de todas aquellas bocas semiabiertas, para luego ser asimiladas por el torbellino. Cuando todos los silencios habían sido recogidos, el Acumulador supo que era el momento y desprendió de su cabeza un alto sombrero puntiagudo que llevaba puesto. El torbellino como una gentil bestia amaestrada del tiempo voló al sombrero y se esfumó dentro de él. Instantáneamente todos los espectadores tuvieron algo que decir, o un ruido que emitir. Los tres amigos dieron a conocer que el espectáculo había finalizado y se retiraron. Ningún espectador sospechó nada en ningún momento, pensando que eran solo un cuentista exagerado y dos ayudantes. Esa noche para los tres amigos fue razón de festejo. Estaban reunidos y en plena temporada nada podría evitar que la pasaran bien. Dicidieron con fin de festejar ir a comer afuera, a un restaurante de comida árabe muy pituco. Al entrar al restaurante, eligieron mesa directamente .El Exagerador primero se encargó de contarle un cuento al recepcionista sobre la importancia para el dueño de la presciencia de ellos esa noche allí. Un mozo los atendió servicialmente toda la cena cual esclavo. Cada vez que lo necesitaron, bastó que el Coleccionista extrajera un puñado del polvo del cofre y soplara en su dirección para que la atención del mozo fuera hacia ellos. Pidieron carnes mechadas con decenas de condimentos y especias, verduras bien elaboradas y otras delicias. Bebieron frío rápido y en cantidades de los mejores vinos y licores. Antes de querer retirarse y sin avisar, la cuenta fue llevada a su mesa y el mozo les ordenó pagar. Todos rieron a carcajadas graves al mismo tiempo. El Exagerador y el Coleccionista de atenciones se pararon y saludaron con una reverencia. Luego el Acumulador se paró, sonrío y se quitó el sombrero. El mozo y la sala sucumbieron en un profundo silencio. Los tres amigos salieron del restaurante, caminaron un par de cuadras, y se perdieron silbando en la noche.
Gracias
MAGIO (Argentino, músico, escritor, loco, estudiante, colgado, noctámbulo......si fueramos Magio y yo, el yin y el yang, yo sería el negro)
Este cuento es particular, porque me resulta fabuloso que exista alguien que imagine con claridad algo tan fantasioso, que en la lectura se trasforma en apasionante.
Yo soy un tipo que no tiene esa facultad de inventar un mundo nuevo regido por leyes que no son las de la tierra, las de nuestro avance científico. Estoy invadido por la física y la química, por el límite impuesto por la ciencia, que me impiden pensar que puede existir una persona que no respire, un árbol que no haga fotosíntesis o un tipo que pueda juntar la atención en un cofre.
Este cuento siempre me pareció buenísimo, siempre le dije a Magio que lo publicara. Al fin lo publico y acá esta, me lo robe porque me gusta.
Por el lector, para que tenga la posibilidad de leer material del más variado y sentir un placer exagerado, para que atienda exclusivamente a la lectura y en fin enmudezca durante un tiempo…