miércoles, junio 21, 2006

Mateo el pescador

El pescador Mateo Gálvez, era famoso por su historia. Famoso también por haber sido el único pescador en el pueblo que vio una sirena alguna vez. Vivía en un pueblo viejo, casi tan viejo como él, azotado por la barbarie y la guerra en más de una oportunidad. El pueblo amurallado escondía en sus paredes de piedra un pasado lleno de magias, grandes personajes, destrozos y anécdotas. Algeciras sobrepuso su vida a catástrofes y dominios, colonia y liberación para terminar en manos de Alfonso XI cuando la conquisto a los moros en 1748. Todavía queda el rastro de la calzada que se utilizo desde el medioevo para atravesar las cierras de Algeciras y Tarifa. Nadie tenía grandes oportunidades en “Al-Yacirat Al- Jadra” (La Isla Verde) Algeciras para nuestros coetáneos.
Un poco viejo y un poco loco, Armando tenía fama de habilidoso. Había contraído matrimonio pero no fue duradero. La historia de su vida cuenta pasando de boca en boca, que desde que vio a la sirena perdió la cordura y pasó el resto de su tiempo, armándose de herramientas para atraparla. Abandonó el cuidado del Molino de Agua, que aún esta en pie en el Río de la Miel volcándose a encontrar a su fenómeno. También se cuenta que fueron miles sus intentos de atraparla y por buen pescador que fuera, siempre sus intentos fueron fallidos.
Nunca converso con nadie sobre el tema y huraño y hosco, ya con cierta dejadez, se cuenta que se encerró en su casa casi sin ver el sol, para salir de pesca por las noches. Los que lo vieron pasear por las noches el mar mediterráneo con su hirsuta barba y atestado de elementos ininteligibles dicen que cual espectro, fulminaba en una mirada todo intento de interacción.
Cuentan que sistemáticamente salía amparado en la sombra vespertina para ver si lograba encontrar la presa de su vida. Cuentan también que no volvió a verla.
La realidad de la historia, en su consuetudinario secreto, es otra. Paso por el pueblo y llego a mis oídos. Un amigo de Mateo alguna vez contó la verdad. Una verdad que oculto por años como símbolo de lealtad y cuyo secreto rompía por el solo hecho de liberarse de alguna maldición. En el año 1800 se sabía que al ver a una sirena o al conocer a fondo la historia de alguna se caía en una maldición de la que solo se escapaba contando la historia. Así se garantizaba Poseidón, el dios griego del mar, que ningún hombre fuera por sus amadas ninfas acuáticas. Se supone que vengaba a cada sirena que hubiera sido victima de la mirada o de la atención de los hombres. Mateo jugaba noche tras noche en el medio de la inmensidad del mar, con su burlona amiga. Ella jugaba con su pertinaz acechador y embelezaba sus noches con el sonido de su voz mientras el no se explicaba como formar parte de su mundo.
Esta claro que Mateo quería irse con ella. Su humanidad le impedía llevar adelante su plan mas acertado, responder al amor. Ella todas las noches lo acariciaba y lo contenía y él todas las noches fracasaba en su intento de ser como ella. La irrefutable realidad de dos mundos apartados. Inútilmente ambos se esforzaban por estar juntos, inútilmente el fracasaba y fracasaba. No se si al fin era su amor al fracaso o su esperanza.
El envejecía y ella siempre joven. El adquiría mañas y ella era cada vez más dócil. El la bautizo “Celeste”, por su piel y sus ojos. Ella lo bautizo “Neptuno”. No se que habrá sido de ambos. El seguro que esta aun más loco y solitario, más oscuro y solo, más en penumbras que la noche, más fracasado que nunca. Al final siempre forzaron las cosas. Al final eran de dos lugares diferentes, de dos mundos distintos. Supongo que el destino los llevo por el camino de la soledad. Quizás hayan encontrado la forma de unir sus almas y en la vida eterna se encuentren para concluir la historia de la mejor manera, como todos hubiéramos querido concluirla.

Augusto Bautista Candulo (ABC)
Inspirado en cuento: "El pescador y la sirena" del libro "Personajes misteriosos de cuentos fantasticos" de una gran amiga Lucinda S.

martes, junio 20, 2006

Reflexivo

Miro la brasa de mi cigarrillo, miro después el humo
que hace su trayecto aberrante.
Luego veo el tuyo y su humo de camino constante
¿Cuanto reflejaran nuestros humos amantes?

Miro mi castillo y es apenas un dibujo
y yo su dibujante.
Luego veo el tuyo y es uno perfecto,
y gigante.

Después pienso un poco y sé que nuestros humos
reflejan por un segundo nuestro instante.

Augusto Bautista Candulo (ABC)
Colabora con el titulo PFS