Juan llegó al aeropuerto. Era tarde, casi tan tarde como para no despedir a nadie. Debería decir que se sintió culpable, pero en realidad no puedo faltar a la verdad. Se que no se puso mal por no haber podido ver a todos antes que se fueran. A veces la gente prefiere olvidar, inclusive es hasta más fácil. Juan no pudo llegar porque no quiso llegar. El hecho de la demora, lo ayudaba a no echarse culpas y el hecho de no despedirse, lo obligaba a no concluir, a dejar una cuenta pendiente o por lo menos una charla. Pensaba patéticos a los que lloran en las despedidas. Yo también. No patéticos por llorar en si, sino por lo que significa el llanto de niño en un adulto y lo que demuestran las lágrimas, esa triste realidad. No es bueno arrastrarse entre los fuertes débil como un ratón. El no estaba dispuesto a no llorar y encontró la mejor solución para no tener que hacerlo, llegar tarde. Caminó por al aeropuerto desesperado, tratando de no lagrimear, (siendo que ellos se habían ido igual, por mas que el no los haya despedido) buscando un pulóver o una remera de aspecto familiar. Esa búsqueda frenética y arrepentida que termino en nada, como siempre.
Los minutos se hicieron segundos, el reloj se apresuro, haciendo cada vez “más” imposible el encuentro. Siguió caminando entre maletas y viajantes, extranjeros y argentinos. Sobre alfombras de variados colores, sobre pisos fríos, en ambientes tenues y panilumindados. El tic tac, seguía su ritmo acelerado y Juan cada vez pensaba más lento. Mágicamente veía relojes y mas relojes, infinidad de destinos, infinidad de gente. Así paso solo un cuarto de hora, que parecía un minuto o dos o quizás tres. Se hizo larga la despedida de la despedida, al final llevo mas tiempo a Juan llegar tarde que lo que le hubiera llevado llegar temprano.
Ellos ya estarían del otro lado de las compuertas, del lado elite, del lado sin aduana, sin territorio, sin naciones, sin estados, sin ley, sin sábados ni domingos, sin retorno, del lado del abordaje. Ahora el tiempo que jugaba una mala pasada, se había vuelto lento. Los minutos, incalculables, entre la hora en que llego Juan al aeropuerto y el despegue se hacían cada vez más largos. El tiempo tapaba de desesperanza a nuestro amigo Juan, dolorido ante la ineludible realidad de la soledad.
En este momento del cuento es donde debería introducir a nuestra otra amiga, la providencia. Quizás también deba introducir a nuestro viejo amigo el destino, pero ese ya es viejo conocido. La providencia, a partir de la espera del despegue, escribió sus hojas en blanco con un tinte negro. El destino se sirvió de la providencia para lograr ese futuro inmediato, el cual no podía escapar al control que esta ejerce y el cual no podía ser modificado luego de escrito, ya que para eso esta el libro en blanco y para eso esta la providencia. Esta es la parte torturante de los hechos.
Juan seguía impaciente y no hacía otra cosa que caminar en círculos. Estaba atento, para ver si encontraba el avión de su gente. Mientras veía muy por encima las “timetables” como si tuviese algún tipo de habilidad para leer sobre el futuro y aprender sobre el destino. El libro en blanco, el del futuro, tenía tachado en rojo sangre su nombre, plasmado entre los nombres de sus amigos más íntimos. No hay porque temer, solo vemos lo que imaginamos muy “fuerte” o vemos lo que vimos alguna vez.
La búsqueda culmino. Encontró el avión de su gente despegando, cuasi como un águila blanca en el medio de la pista o quizás una montaña. Miro atento el carreteo. Se iban. Era real, ya en tierra solo quedaba apenas apoyada la rueda del artefacto que los llevaría lejos. Lejos para siempre y quizás aun más lejos si analizamos el hecho: Juan no podía pagar un pasaje.
Es obvio que yo no siento pena por Juan. Es un tipo con poca cordura, pero no como para que uno se sienta apenado. Es obvio también, que no termino de entender, como ustedes que leen, que mierda es lo que pasa. Recapitulemos…
Juan fue al aeropuerto a despedir a alguien, llego tarde, podríamos decir que era totalmente conciente que iba a llegar tarde. Seguro que fue porque no le gustaban las despedidas. También sabía que se iba a quedar muy solo. Fue una maniobra de escape. Lo que no sabemos es ¿a donde se iba? ¿Quien se iba? Ni tampoco sabemos el por qué. Eso se lo voy a contar al lector curioso dentro de un rato. Solo se que Juan estaba atemorizado, que la despedida le dolía en el alma y que sentía una mágica e ineludible sensación de soledad.
Juan había juntado dinero y estaba tratando de rajar al exterior, la economía argentina se iba por los caños y la realidad laboral era un desastre. Para nuestro conocido era diferente que para “su gente”, no tenia lo suficiente como para radicarse en el exterior, no le daba el presupuesto. Por eso calculo, que se quedo inmóvil al borde del camino. No era un tipo activo. Pensándolo bien, quizás si era activo, solo que no tan activo como yo. Bueno sin irme por las ramas, Juancito perdió la paciencia y miro el despegue con un dolor en el alma. El carreteo freno el reloj nuevamente y el tuvo tiempo de analizar varias veces lo que estaba pasando, pensó y repensó. Mientras el avión corría hacia la libertad del vuelo, imaginó a su gente sentada, alguno que otro con miedo y alguno que otro con el placer que se siente cuando uno viaja, a mi me gusta viajar. El avión se soltó del suelo, parecía como si lo hubieran arrancado de un tirón.
Ya mirándolo en el aire, Juan sintió de nuevo esa típica sensación de muerte, ese dolor típico de infarto. Lo irreparable de no haber llegado a tiempo a la despedida y lo irreparable de no verlos más. En realidad la posibilidad existía, pero Juan era un pesimista. Pensaba que nunca volverían a visitarlo. Sigo con el dolor típico, la expresión de su malestar afectivo, el dolor del alma manifestado en el cuerpo. El avión se perdía entre las nubes. Juan cerró los ojos y sintió ese olor a viaje de los pasillos, sentado en un asiento mullido, se abstrajo de todo. En realidad, ahora les cuento, Juan “despedía” a su novia.
En un segundo, esos segundos que cuando culminan te cambian la vida, abrió los ojos. El paisaje por la ventanilla se veía espeluznante, intimidante. El Río de la Plata, el cielo tan cerca y la aeromoza de ropas ligeras que le ofrecía champán. Es raro no… Miro alrededor y se vio rodeado de extraños. Miro la puerta de emergencia, corrió hacia ella y se tiro al vacío. Voló metros y metros. Casi incontables los kilómetros casi incontables los días, casi incontable el tiempo. No había relojes, pero estaba seguro que de no volver a ver a su gente, no quería estar vivo. En un arranque de desesperación, atino a agarrarse de todo o de nada. Al tocar el suelo nuevamente, volviendo de sus flashes, miro el avión y vio lo que debía ver, estaba escrito…un estallido feroz culmino con el halcón, ese titán enorme de el cielo. Apretado entre los demás viajeros, camino por el aeropuerto. Emprendió nuevamente esa marcha errática sin destino. Encontró en su camino a un policía de la Guardia Aeronáutica. Tomo su pistola y mirando en el cielo esa bola de fuego, a la que miraba todo el mundo, se disparó en la cabeza.
Quizás nadie le estaba prestando atención, nadie llamo a una ambulancia. Solo minutos después, lo asistió el medico del aeropuerto y solo minutos después murió mirándole la cara a su amada, que había perdido el vuelo, no se imaginaba vivir sin “su gente”.
Augusto Bautista Candulo (ABC)