viernes, marzo 30, 2012

Golpe de Estado

Todo empezó un día de marzo, cuando pase por la puerta de mi cocina, recién levantado de la cama, y vi que estaban armando una pequeña base militar. Si, una base militar. Una pequeña y fuerte base militar. El montaje era simple, no había demasiado para observar, pero deje que lo hagan, como si nada estuviera pasando. Se replegaban pequeños escuadrones bien organizados. Era una milicia de profesionales.

Fueron pasando los días y me fui dando cuenta que la milicia era cada vez más fuerte. Que la base se había transformado en un gran centro de operaciones. Pero sin embargo seguí en mis tareas abocado a otras cuestiones. Permitiendo sin quererlo, que se sienten las bases de lo que alguna vez terminaría en combate.

Al principio pensé que solo era una necesidad. Una base de defensa, o quizás un grupo militarizado común y corriente que necesitaba espacio para una base de operaciones. ¿Enviado por quienes? Evidentemente si necesitaban de mi cocina, definitivamente no había chance de discutirlo, ya que solo soy un civil común y corriente y no tengo autoridad para denegar una orden de otro nivel de mandos.

Fui permitiendo que se organizaran sin preguntarme siquiera si era necesario o si tenía algún significado. Sabía que tenía un vecino conflictivo, que nunca había pagado las expensas y que se dedicaba a juntar cartones en basurales y entonces me limite a pensar que por ese lado podría haber venido el por qué de esa investigación secreta, de la cual no había sido informado, sino más bien había sido invadido.

Pasaron los días y seguí fiel a mi modo. Permití y permití sin preguntarme ni preguntar. Abandone ciertas actividades cómodas por la imposibilidad de lograr las metas, estas eran cuestiones cotidianas, como cocinar o calentar algo para tomar. Deje de entrar a la cocina por cuestiones obvias, ya no tenía comodidad para realizar tareas en ella. Fui cercando mi vida a otros ambientes de la casa, casi sin darme cuenta. Fui cambiando mi forma de vivir. La invasión era ya, algo más que una anécdota.

Y así en el transcurso de los días empecé a no poder siquiera llevarme un vaso de bebida a la mesa de luz, ya que no había forma de que no fuera visado y ultrajado por algún comando loco que tuviera sed. Para fines de marzo, ya estaban armando más milicia en el living. Viendo la falta de espacio en la cocina pensé que debían tomar parte del living para así tener más comodidad en la labor que implica ser militar, que imagino desde mi posición de hombre común, debe ser compleja y hasta diría intrincada para un espacio tan reducido.

Fueron pasando más y más días en los que fui presumiendo que estaban en tareas que me excedían. Sin embargo un día al levantarme, empecé a sentir que lo que se avecinaba era un Golpe de Estado. Un golpe de estado en mi propia casa. Donde yo era presidente y el amo y ellos invasivos, comenzaban a copar mis territorios. Desvincule a mi vecino y deje de pavadas. Note que ya el dormitorio era lugar de tránsito y el escritorio una base de comunicaciones, cómoda porque las ventanas daban a la cocina, la base propiamente dicha. Note que el linving de la casa ya era una amplia barraca de descanso y que la milicia hacia vigilancia constante de todas las puertas y ventanas de la vivienda.

Se replegaban formaciones de varios soldados, por todos los ambientes, y ya casi no tenia espacio para vivir tranquilo. Ahí fue cuando realmente pensé en tener que defender mi lugar. En ese momento comencé a planear en secreto, casi sin poder comentarlo, como iba a defender la soberanía de mi casa. Ya no había excusas para seguir copando mi territorio. Ningún vecino podía generar semejante movilización de orden de mando militar como la que estaba ante mis ojos todos los días en todo momento.

Fue ahí cuando sentí que ya no podía seguir viviendo así y empecé a retrucar con pequeñas agresiones secretas en misiones nocturnas o diurnas, cuando menos soldados veía. Empecé a desbaratar los planes de derrocar mi gobierno.

Primero fui por sus provisiones. Comencé a dejarlos sin alimentación. Misiones peligrosas pero factibles me llevaron a cortarles suministros de comida. Desbaratando así sus posibilidades de seguir vivos, esperando que se fueran. Pero no fue suficiente, la logística de distribución de provisiones me superaba en la capacidad de desbaratarla.

Después comencé a matar soldados uno por uno de noche, en las guardias, simulando que seguía durmiendo, para que no hubiera sospechas. No quería caer preso de una milicia y sabia que tarde o temprano me derrocarían, pero sin posibilidad de enjuiciarme y tendría que exiliarme para sobrevivir. Eso tampoco alcanzo, ya que enviaban nuevas dotaciones y tornaban más agresivos sus planes y aceleraban el plan a la batalla final del golpe.

Entonces fue cuando decidí que debía armarme y comenzar una guerra, solo contra un ejército de impíos. Fui por armas necesarias. Camuflado con ropas de batalla, en la tranquilidad de la mañana, arrase con casi todas las dotaciones de milicia que se me cruzaban en el camino. Los tome desprevenidos, con la tranquilidad del despertar, desarmados, lábiles e indefensos. No tenía otra chance. En otras circunstancias habrían ganado. Aparte ellos habían intentado matarme, trantando de sofocarme llenándome la boca y no lo habían logrado. Lo que transformo esto en una batalla de vida o muerte.

Ese día opte por no abrir ninguna ventana y en silencio con la ropa de combate, como un comando argentino, armado y listo para el ataque, sigiloso como un felino, me desplace cuerpo a tierra por los ambientes y fui matando a todos. La batalla fue dura. Duro más de 2 horas. Me cortaron las comunicaciones para que no pueda pedir apoyo. No tenia tampoco de quien recibirlo, pero por las dudas lo hicieron y obraron como verdaderos profesionales. Comencé a disparar en todas las direcciones, recibí contraofensivas, pero ninguna logro hacerme frenar. Así utilice varios cartuchos de municiones hasta acabarlos. Fue una masacre. Se vivieron horas de violencia absoluta. Empecé a sentirme mal. Estaba mal herido. Intoxicado. Quizás muriera, pero iba a defender mi soberanía costara lo que costara.

En este momento alguien debe estar leyendo mi historia. Escribirla era la única forma que tenia de hacerla pública. Entiendan que bajo los efectos de tóxicos y herido, pude haber tergiversado la realidad, alucinando más allá de la realidad. Probablemente ya esté muerto ahora. Pero ahora todos saben por qué. Saben que defendí mi soberanía con uñas y dientes. Y saben que gane al fin la batalla. O no.

ABC

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